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Martes, 21 de Agosto 2018


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Trading Criptomonedas

Escribe: Alberto Mansueti.- El desplome de las criptomonedas enseña varias lecciones; pero como pasa con toda lección, sólo la aprende quien se deja enseñar.

La abrupta caída de los precios, no es otra cosa que la fase de pánico, que sigue a la fase de euforia, como en todo fenómeno de burbuja. En la fase de pánico, los precios se caen tan abruptamente como habían trepado en la fase de euforia. Siempre es así; desde la burbuja de los tulipanes, en la década de 1630, hace 400 años, hasta la de las empresas “punto.com”, en la última década del siglo XX, y la de la propiedad inmueble, en la primera del siglo XXI. No es cosa de tecnología informática, sino de productos y mercados financieros, y de psicología colectiva.

 

Tarde o temprano, toda burbuja encuentra su alfiler. En el caso de las criptomonedas, el pánico fue provocado por meros anuncios, de los gobiernos de China y Corea del Sur, acerca de reglamentar las operaciones, gravarlas con impuestos, o incluso prohibirlas. A esto siguieron ventas nerviosas, que pusieron presión bajista en los mercados, que de inmediato entraron en pánico.

Y es que los Gobiernos pueden intervenir, si quieren; aparte de si sería bueno o malo, justo o injusto, liberal o no, moral o inmoral, etc., esos son otros temas. Los reguladores pueden hacerlo, si les da la gana; lo cual echa por tierra la promesa básica de los fanáticos “libertarios”: que las operaciones son “imposibles de rastrear”, y las criptomonedas nos librarán de la tiranía monetaria de los gobiernos, sus bancos centrales, y sus socios los bancos mercantilistas; por la sola virtud de la tecnología de encriptación, sin un cambio político.

No es así: hay una tecnología de des-encriptación, para rastrear las operaciones. Lo saben muy bien los grandes evasores de impuestos, los narcotraficantes y lavadores de dinero, que por eso no usan mucho las criptomonedas; lo cual a su vez echa por tierra el pretexto de los fanáticos estatistas para intervenir. Sí amigo lector, me ha leído bien: esta es “la Era de los Fanatismos”, y hay diversas clases de fanáticos, y a menudo en guerras unos contra otros. Conservar la razón y el sentido común entre tanto fanatismo no es fácil; pero un modo de hacerlo, es mantener contacto con buenas fuentes de información, objetivas y realistas.

¿Hubo alarmas, alertas tempranas? ¿Luces rojas? Sí, claro, a lo largo de todo el año 2017; pero el fanático es sordo y ciego. En marzo, fuentes alternativas informaron sobre un brusco bajón en el precio de Bitcoin, ante los rumores de cierta pelea entre desarrolladores, protagonizada por los gemelos Winklevoss, similar a otra antes, cuando 20 proveedores de Bitcoin comunicaron sobre una posible división en dos bandos: Bitcoin Unlimited y Bitcoin Core. Se vio claro el principal defecto de Bitcoin y las “criptos”: extrema volatilidad e inseguridad.

En junio, Mark Cuban, rico propietario de los Dallas Mavericks de la NBA, publicó en varios medios especializados: “A pesar del estratosférico auge del bitcoin en 2017, que ha triplicado su precio en poco más de 6 meses, sigue siendo una inversión poco seria y de alto riesgo”. Advirtió que “hay una burbuja que no se sabe cuándo ni cuánto corregirá”. Nótese bien: dijo “hay” una burbuja; no dijo “es” una burbuja. Y dio en el meollo del tema: “Es más una religión que un activo”.

Y “El financiero” de México, en junio: “¿Eres de los optimistas con Bitcoin? Te tengo una mala noticia: hubo severa caída, y se acerca a su peor semana desde enero de 2015, tras unos reportes pesimistas de bancos de inversión”. En setiembre, Xataka publicó: “Es una semana terrorífica para las criptos, que llevan días cayendo de forma brutal. El Bitcoin, el 1 de mes estaba a 4.863 dólares, y ahora a 3.090: 36,46 % de pérdidas; Ethereum estaba a 386, y ahora a 217: 43,78 % de pérdidas”.

Ya desde 2016, y en medio de la “fiebre” de neófitos y fanáticos creyendo ciegamente en “la tecnología”, los consultores veteranos hacían advertencias sobre dos defectos derivados del efecto burbuja y su extrema volatilidad: (1) la posibilidad de operaciones especulativas; y de (2) operaciones fraudulentas.

Bill Gates hizo una movida especulativa en setiembre de ese año. Declaró “El futuro es Bitcoin”, en varios videos que se hicieron virales. Obviamente había comprado su buena provisión, y empujaba el precio al alza. ¡Ya hace rato que vendió! Los especuladores hábiles hacen sus ganancias a costa de los neófitos desprevenidos, muchos desesperados por el desempleo, y por la falta de dinero. Eso no llega a ser fraudulento, pero para muchos, es inmoral. También hay quienes creen que los incautos reciben el justo castigo que merecen, por necios, y por su codicioso e irrealista afán de ganar mucho dinero rápido y sin esfuerzo.

Los fraudes llegaron en masa en 2017: aparecieron las “cadenas” y “pirámides” en las redes sociales: “Invita a 10 amigos a que se hagan ricos; y así subirás de nivel...” Eso es un esquema Ponzi, y cuando lo vemos, los abogados siempre nos preparamos para recibir luego una tonelada de víctimas. Nótese bien otra vez: decimos “hay” un fraude; no que “es” un fraude. Pero también hay quienes creen que es tan fraudulento como el dinero “fiat”: ofrecer al mercado algo que no es como una acción o un bono, que emite una empresa comercial o industrial, con respaldo suficiente, es un fraude; así lo haga el banco central, o el “minero de Bitcoin”. Los “libertarios” bitcoineros cometen o se asocian al mismo grave pecado, o poco menos, del que con justicia acusan a los Gobiernos.

A diferencia de los “libertarios”, los liberales clásicos somos realistas; nos gusta estar bien informados, sin euforias ni pánicos. Y vemos dos problemas adicionales en la fiebre de las “coin”: (1) probablemente son parte del plan de los bancos centrales para reprimir y tener artificialmente bajo el precio del oro y metales; (2) y más probablemente, es parte del plan de las elites globalistas para dejarnos sin dinero en efectivo, en la “cashless society”, con sólo “dinero electrónico”, y tenernos a todos “bancarizados”, o sea: más controlados por los gobiernos, a través de sus socios los bancos.

Remato con una nota optimista. Quizá de la tragedia resulte algo bueno: que baje la fiebre, se retiren los neófitos, y las criptomonedas dejen de ser una trampa cazabobos. Que participen sólo brokers y agentes profesionales, sabiendo de qué trata, y en capacidad de asumir riesgos calculados; y no los tontos de clase media, siempre pagadores de los platos rotos en este tipo de desastres.

Hasta la próxima, a los buenos.

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