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Sábado, 15 de Diciembre 2018


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canto xxxi

Escribe: Juan Carlos Puertas Figallo.- El noveno círculo del infierno de Dante Alighieri está especialmente reservado para los traidores, la peor escoria que Dante puede imaginar. La traición es para él, el peor pecado, la peor acción realizada por la debilidad humana: quebrar la confianza recibida, traicionar la lealtad prometida. No concibe algo peor ni justificación alguna para estas pobres almas, que en su novela están condenadas al frío eterno que poéticamente recrea.

Alberigo, cuenta al visitante del infierno, mientras le suplica que le arranque los ojos, que “en cuanto un alma comete alguna traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio, que después dirige todas sus acciones, hasta que llega el término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna; y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esa sombra que está detrás de mí en este hielo.”

El guía le dice al visitante que “El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba -dijo el Maestro- es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos, que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es Bruto; mira cómo se retuerce sin decir una palabra; el otro, que tan membrudo parece, es Casio.”

Si algo causa desasosiego y repugnancia, y pido perdón a Dios por olvidarme en este momento de la caridad, es la traición. Y es que la traición obedece a la avaricia (el premio prometido por ella), a la envidia de quien se sabe menos o a la cobardía de quien no sostiene su voluntad.

De estos tres motivos, en el pensamiento de hoy, puede que quizás el que mayor piedad merezca es el último de ellos, ¿hasta dónde llevar la lealtad prometida o debida? En el plano Católico, se nos pide el martirio, y el martirio será, ruego a Dios que no me ofrezca ese Cáliz, porque llegado el momento ¿tendré acaso la valentía y fortaleza de darlo todo? Solo la gracia me lo permitiría. Pero en el plano humano hemos visto lealtades llevadas al martirio, hombres encima de todos nosotros, pienso en Bolognesi arrinconado en ese acantilado de Arica, respondiendo con honor, aceptando la inminente muerte de él y sus hombres por un compromiso inquebrantable, pienso en Grau despidiéndose de su amada esposa y sus ocho hijos vivos a dicho momento, saliendo en su sencillo monitor a enfrentar con hombría su destino luego de disipar sus culpas con Dios, ambos por amor a su patria, que no es una entelequia como los modernos afirman, sino que es una lealtad en última instancia para con sus hermanos, sus paisanos, aquellos a quienes juraron defender.

Pienso en otras situaciones, ¿debe llevarse la lealtad humana (no aquella hacia Dios quien lo pide todo - ver libro de Job y otros) hasta el sacrificio familiar?, más aún, ¿cuándo a quien se prometió ser leal no lo es con uno? Pienso en la vil y cobarde amenaza de cárcel de una esposa y demás familiares, y no me atrevo en ese caso de acusar a alguien de desleal. La lealtad es de ida y vuelta, pero lo que sí se debe recordar es que es de hombres romper sus pactos cara a cara, no por atrás, no de sorpresa. Hace poco recordaba el consejo de un ya fallecido abogado, de aquellos a los que la gente le llamaba caballero; él me decía: cuando rompes con un trabajo o un acuerdo, solo hay dos formas: o dándote la mano o tirando un portazo, pero siempre de frente, siempre claro. En todo caso, un papel firmado bajo la amenaza a una mujer y a la familia, no significa nada, ni para el sentido común, menos aún, para una pretendida justicia, quien propicia ello es un ser deshonroso, un claro inmoral que no tiene idea de lo que la palabra honor significa.

La traición a cambio de recibir favores y motivada por la avaricia, es injustificable, ruin. No solo se es incapaz de mantener la palabra, no solo se quebranta la confianza recibida, genera dolor a quien te acoge, sino que el motivo es egoísta, es el propio bienestar material. Hoy vemos mucho de ello en los “acomodos” políticos, y entendemos enseguida a que postularon esas personas, modificar la Constitución no creara políticos honorables ni leales, los valores se aprenden en el hogar y deberían aprenderse en las escuelas. Pero hoy el mundo ya no quiere valores férreos, solo manda la conveniencia individual, no pretendan entonces generar hombres de honor y leales, cuando todo valor es relativo, y si la conveniencia y egoísmo son valores que sustentan la filosofía liberal mal entendida, menos aún.

Pero de los tres motivos de traición que tratamos en estas líneas, la que causa verdadera repugnancia, es aquella traición gratuita, la que proviene de la envidia, la de aquel que se sabe poca cosa y no soporta la existencia de hombres de más alta talla. Estos seres cargan un resentimiento en el alma, reemplazan la admiración por la ira, en lugar de motivarse ante la grandeza ajena, pululan como serpientes, arrastrándose en la oscuridad y complotando a escondidas, porque el traidor que se sabe nada, no puede dar la cara y tiene que obrar en secreto y a oscuras contra los suyos, se junta con otros tan inferiores como él; y así, suman sus resentimientos, no soportan ser ellos mismos, en el fondo solo quieren ser los otros, pero no ponen medio alguno para superarse. Ante esa imposibilidad prefieren acabar con quien es su mejor. Incluso el avezado delincuente de la calle tiene más valor que estas serpientes, porque al menos el delincuente juega su vida al cometer su delito, se sabe inmoral, sabe quién es. Los otros, juegan a las palabras para autojustificar su envidia y su traición. Muy laxos en sus justificaciones y muy duros con los otros. Estos, son pues, aquellos que nunca desearíamos encontrar.

Repasando estas líneas, me queda una honda sensación de añoranza en encontrar “Grandes Hombres” para el Perú de hoy, para este Perú sin rumbo, al cual quieren condenar a la mediocridad, porque mientras no haya valores sólidos y no se enseñe a premiar la excelencia o a los mejores, estamos condenados a ser un país de desleales.

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