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Escribe: Federico Prieto Celi.- La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), fundada por el padre Jorge Dintilhac, religioso de los Sagrados Corazones, en abril de 1917, cumplirá cien años en el 2017, lo que da una feliz oportunidad al papa Francisco para visitar el Perú, que es una tarea pendiente que tiene. Habrá que invitarlo.

La preparación de esa fiesta académica requería de la vuelta de los cinco obispos que, por libre voluntad de la Conferencia Episcopal Peruana, se habían retirado del Consejo Superior de la PUCP. Hace unos días, el papa Francisco los ha autorizado a que regresen. La presencia de los cinco obispos permitirá que, en la revisión de los estatutos, objetados por la Santa Sede, se tengan en cuenta los vínculos legales y canónicos que vinculan a la casa de estudios con la curia romana. De esta manera, el Papa podrá aprobarlos.

El respeto a la voluntad del testador José de la Riva Agüero, ordenada por el Tribunal Constitucional y desacatada por el rector de la universidad, es un punto pendiente de resolver. Cuando se vuelva a activar la Junta de Administración fijada en el testamento, se habrá normalizado el conocimiento por la Iglesia del manejo financiero de la universidad. Porque no es suficiente recuperar la confianza en las normas canónicas, sino también la confianza en las normas civiles peruanas, independientemente de los argumentos de los abogados de la universidad en la OEA.

La figura del cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima y primado del Perú, como gran canciller de la universidad, no ha cambiado. Queda por definir si sus funciones serán meramente protocolarias y honoríficas, como quiere el rector, o si volverá a intervenir en el nombramiento de las autoridades, como ha sido en el pasado, y como es en otras universidades católicas de la región –la de Buenos Aires, por ejemplo, en la que el cardenal Jorge Bergoglio era gran canciller– y del mundo.

Al arzobispo de Lima corresponde nombrar a los profesores de teología católica, lo que tiene como requisito que las autoridades de la PUCP no pongan obstáculos para la elección de los mismos y que respalden, como debe ser, las enseñanzas de la doctrina cristiana, sin sacarle la vuelta con otros profesores que, en asignaturas afines, digan lo contrario. Esa es una de las grandes preocupaciones de los padres de familia, que envían a sus hijos a esa universidad, para que los confirmen en la fe y no para que los conviertan en agnósticos y relativistas, llegando a caer en lo que el filósofo Jacques Maritain llamó la apostasía inmanente.

Resuelto ya el problema de la presencia episcopal en el Consejo Superior quedan por fijar:

a) La subordinación de la Asamblea General a unos estatutos que reconozcan la primacía del Papa en el gobierno universitario.

b) La puesta a término de la suspensión todavía pendiente –y un poco desacatada– de usar los términos ‘pontificia’ y ‘católica’, por el papa Francisco.

c) La reactivación de la Junta de Administración de las finanzas de la PUCP –para ganar en transparencia y cumplir con el legado testamentario vigente–.

d) Que sean nombrados y aceptados los nuevos profesores de teología católica.

e) Y que sea desagraviada la persona del cardenal Cipriani de las injustas ofensas del pasado y fijadas adecuadamente –en consecuencia– las funciones del arzobispo de Lima como gran canciller, lo que exige un grado elevado de humildad, justicia y verdad por la corporación universitaria.

Una vez resueltos estos puntos, estará servida la mesa para la visita papal a Lima en abril próximo. Dios lo quiera.

 

 

*Publicado originalmente en el diario El Comercio. Reproducido en LA ABEJA con la autorización del autor