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Miércoles, 26 de Setiembre 2018


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Escribe: Rodrigo Saldarriaga.- Me resulta difícil caminar por la calle sin detenerme un instante a contemplar el desastre. El Perú despierta feísimo todas las mañanas, salvo la excepción de los barrios residenciales que miran de reojo y con desprecio la triste realidad a extramuros.

La patética pregunta de cuándo se jodió el Perú se repite incansable en las discusiones pueriles de bodega y cantina. Universitarios y desencantados en edad de madurar, tocan el tema y lo enarbolan. Es bastante incoherente (por no usar una lisura) criticar la suciedad y exigir más presupuesto para la educación (y de paso que sea gratuita) y luego bajarse la bragueta y orinar en vía pública. Es ridículo clamar por mayor eficiencia por parte de las fuerzas de seguridad y luego mentarle la madre al policía por haberle detenido por pasarse una luz roja o negociarle primero la coima incluso antes que el infame lo pida. Y es digno de recibir un puñete en la cara a quien se queja de la inseguridad, de los hurtos y las extorsiones, y vaya a las “cachinas” a comprar cosas robadas, o se haga “chalequear” por unos matones para prevalecer en la jungla.

Los peruanos somos unas bestias parlantes en ocasiones. Cuando los sucesos de la Parada, la muchedumbre enardecida espantó a la caballería, que tuvo que huir despavorida y con un equino herido que debió ser sacrificado. Me pareció indignante, y no sólo la muerte del pobre animal, sino que una pandilla pestilente haya podido hacer de las suyas durante décadas en aquél muladar, infestándolo de parásitos, tan contagiosos como ellos mismos, seudo comerciantes amparados por mafias y falsos paternalismos.

Nos han agarrado tanto de idiotas, que seguimos permitiendo al pobre ser pobre, donándole miserias, y cuando estos terminan volviéndose ricos (por su esfuerzo y dedicación indudable), sólo les permitimos serlo de papel y propiedades, pero no en cultura y educación. Es triste que hoy los ricos sean tan miserables en sus conductas, que bien un obrero de antaño con sueldo mínimo podría comer en una mesa correctamente y esparcir hidalguía a su paso. Mi tío Adán fue obrero en Barrington, jamás dejó de usar sacos de casimir y de lanilla, y en su mesa los cubiertos chillaban de brillantes, y la servilleta era inmaculada en sus rodillas a la hora de comer.

A los diecisiete años recuerdo haber sido testigo de un hecho horrendo. Un anciano era maltratado por el cobrador de un micro, cuando este le había exigido su pasaje, y el otro sacado un papelito amarillo y arrugado indicándole que estaba exento de pago. El tipejo le increpó y amenazó con bajarlo, en complicidad con el chofer. El anciano llevaba un papelito roído que lo identificaba como un ex combatiente de la guerra del 41 contra el Ecuador. Aquél hombre mayor era un sobreviviente de ese enfrentamiento, condecorado con la Orden Militar de Ayacucho, pero para el tipejo de gorra y pelos oxigenados, era un viejo que no quería pagar. Cuanta pena me dio escucharlo con esa voz quebrada de quien se siente solo e impotente. Tuve que alzar la voz y exigir respeto. Terminé en la siguiente parada con el anciano, expulsados de aquella lata móvil por “atrevidos”. Sólo dos pasajeros protestaron, el resto miró al costado.

Hace sólo dos días casi fui atropellado. Cruzaba una de las principales avenidas de mi ciudad, respetando como un alien aquella luz verde que me daba paso, y viendo el rojo detenido para los vehículos. Un colectivo aceleró en rojo, justo cuando pasaba, y el chofer me gritó que me moviera. Le increpé que el semáforo estaba en rojo para él y que se digne a dar preferencia al peatón. Su respuesta fue acelerar y buscar atropellarme, aunque luego tuvo que evitarme porque más peatones cruzaban, pero aún así se zurró en la ley y se largó. A tres metros, un policía de tránsito le sacaba el número a una policía de a pie.

¿Y qué hay con la cultura chicha? No llego a tragármela por completo y me fastidia que algunos artistas hayan considerado repetir el bodrio del pop art, pero a la peruana, y peor aún, “a la chicha”, elevando íconos populares, como cantantes de peña o vernaculares, a poderosos referentes culturales, o líderes de opinión si es que aún tienen vida. Hace un tiempo una campaña publicitaria pintó de colores las redes sociales: “Más peruano que”. La tipografía “chicha” de la misma era reconocible e insoportable para mí. Me parece penoso querer forzar a la integración de todas las sangres y culturas que componen al Perú, sometiéndolas a la mezcla inexplicable y obsesiva, que más allá de reivindicar este crisol peruano, resulta una abominación, un mutante irreconocible que ha perdido su identidad (y eso de la identidad es un tema aparte) y del cual no podemos sentirnos orgullosos. Somos mestizos en esencia, pero no podemos permitirnos ser convertidos en híbridos por capricho de esos panfletos y eslóganes que vociferan tolerancia, inclusión, aborto y sodomía.

A veces no basta con saber que afuera de nuestras casas vigila un policía, o que nuestras fronteras las protege un soldado. No basta de ninguna manera confiarles nuestra representación a los congresistas y luego desentendernos de sus funciones, pensando que milagrosamente trabajarán en pos de nuestro bienestar gratuitamente. No podemos creer que nuestros vecinos, de barrio o continente, respetarán nuestro suelo, nuestro hogar y familias, sólo porque nuestra educación, moral y dignidad nos hacen creer que ellos puedan tener las mismas buenas intensiones que nosotros.
Hay que ser vigilantes, incansables justicieros, ciudadanos coherentes. Alguien podría decirme: ¿y qué haces tú para mejorar a tu país? Por ahora no lo ensucio al botar la basura, no lo contamino al verter el aceite usado, no tiro plásticos al mar y tampoco orino en las veredas. No le mento la madre al policía, ni me paso la luz roja, no manejo por una calle contra el tráfico, no pago con billetes o monedas falsas y no hago conexiones ilegales de agua o luz.

Si sales a la calle y ves a una anciana cargando bolsas, acompáñala y ayúdale a sostenerlas, aún si desconfía de ti (ya no se puede confiar en nadie, te dirá luego), si un perro ensució con sus heces el parque, hazle recordar al dueño que debe recoger la suciedad y tirarla al basurero. Son tantas las cosas que puedes hacer por tu país sin necesidad de cargar un fusil o llenarte el pecho de medallas, que hacer una lista tampoco basta. El sentido común (cada vez menos frecuente) te indicará fielmente a dónde debe apuntar tu conducta y guardia cívica. Y sobre todo, jamás debes dejar de indignarte. Indígnate de la basura acumulada, de los vagos, de los monumentos derruidos, de los héroes vejados, de las paredes sucias (esas laterales que los dueños jamás pintarán), de las promesas electorales, de la mediocridad y de la desidia. Porque enaltecer la decadencia y regocijarse en la inmundicia, es sólo para idiotas.

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