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Domingo, 18 de Noviembre 2018


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giovanni

Escribe: Pedro Luis Llera.- Yo desde luego, si llegara a pensarlo (que no lo pienso), no lo diría en ningún caso públicamente. Pero me encuentro por aquí y por allá unas declaraciones del P. Thomas Rosica, al parecer asesor de medios del Vaticano, que por lo visto, en un artículo va y dice que «el Papa Francisco rompe las tradiciones católicas siempre que quiere, porque está ‘libre de afectos desordenados’. De hecho, nuestra Iglesia ha entrado en una nueva fase: con la llegada de este primer papa jesuita, está gobernada abiertamente por una persona y no por la autoridad de la Escritura solamente ni tampoco por sus propios dictados de Tradición más Escritura».

“Nuestra Iglesia ha entrado en una nueva fase”. Y ahora la Iglesia está gobernada por una persona y no por la autoridad de la Escritura ni de la Tradición más la Escritura. Debe de hablar de esa Iglesia del Nuevo Paradigma, de la Iglesia Modernista. Digo yo... Porque no entiendo lo que quiere decir el P. Rosica. Pero si lo que pretendía este sacerdote era apoyar al Papa Francisco, le ha salido el tiro por la culata, porque de ser como él dice – no yo – el actual Papa sería un hereje y un cismático. Un Papa que gobernara al margen de la autoridad de la Tradición y de la Escritura ya no sería Papa: sería un hereje. El Papa no es el dueño de la fe de la Iglesia. Su misión consiste en guardar el depósito de la fe y transmitirlo con fidelidad a la Escritura, a la Tradición y al Magisterio perenne de la Iglesia. Los Papas no tienen el poder de cambiar la fe de la Iglesia, sino de confirmarnos a los demás en la fe.

 

«...el Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga valor de ley. Él es la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su autoridad». Son palabras de Joseph Ratzinger

Estoy seguro de que el P. Thomas Rosica no quería tildar de hereje ni de cismático al Santo Padre. Seguro que hay algún malentendido en sus declaraciones. Hay que estar más próximo a salvar la proposición del prójimo que a condenarla. Yo lo estoy.

La fe revelada no admite cambios. Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y la doctrina de la Iglesia puede profundizar en la explicitación de la Verdad de la Doctrina, pero no puede cambiarla. Dice el Catecismo:

No habrá otra revelación

66 “La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (DV 4). Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

67 A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas", algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones”.

Cuando algunos iluminados hablan de nuevas revelaciones del Espíritu Santo, mienten. El Espíritu Santo no se puede manipular para justificar desviaciones doctrinales o herejías. Ese es un pecado muy grave: uno de los más graves.

La Comisión Teológica Internacional publicó en 1989 un documento – bajo la dirección de Mons. Walter Kasper – titulado La Interpretación de los Dogmas, en el que recogen los siete criterios para interpretar y desarrollar los dogmas, según, J. H. Newman. Entre esos criterios, Newman asegura que “un desarrollo [de los dogmas] es una corrupción, si contradice a la doctrina primitiva o a desarrollos anteriores. Un verdadero desarrollo mantiene y conserva los desarrollos previos”.

Y este documento concluye así:

«Ante presentaciones de la doctrina gravemente ambiguas e incluso incompatibles con la fe de la Iglesia, ésta tiene la posibilidad de discernir el error y el deber de excluirlo, llegando incluso al rechazo formal de la herejía, como remedio extremo para salvaguardar la fe del pueblo de Dios». «Un cristianismo que sencillamente ya no pudiera decir lo que es y lo que no es, por dónde pasan sus fronteras, no tendría ya nada que decir». La función apostólica del anatema es también hoy un derecho del magisterio eclesiástico y puede llegar a ser una obligación suya.

Toda interpretación de los dogmas tiene que servir al único objetivo de convertir las letras del dogma en «espíritu y vida» en la Iglesia y en los fieles concretos. De este modo, de la memoria de la Tradición de la Iglesia brotará esperanza en cada momento actual, y en la multiplicidad de situaciones humanas, culturales, raciales, económicas y políticas se fortalecerá y fomentará la unidad y catolicidad de la fe como signo e instrumento de la unidad y de la paz en el mundo. Se trata, por ello, de que los hombres en el conocimiento del único verdadero Dios y de su Hijo Jesucristo tengan la vida eterna (Jn 17, 3).

Pues las fronteras pasan por los dogmas. Todos los dogmas. Pero entre ellos, los dogmas referidos a la Santísima Virgen María y el dogma de la Transubstanciación, tienen para muchos de nosotros una especial relevancia. María y la Eucaristía son dos columnas básicas de la fe de la Iglesia. Y hoy en día hay quien cuestiona los dogmas marianos y quienes ponen en tela de juicio el dogma de la transubstanciación y juegan a establecer liturgias que permitan la “intercomunión” con los luteranos. Ojito con jugar con lo que es lo más sagrado para millones de creyentes, que alguno puede acabar malamente por no saber discernir adecuadamente...

Ahora bien, no debemos olvidar lo que dice el Catecismo:

La última prueba de la Iglesia

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cf. Pío XI, carta enc. Divini Redemptoris, condenando “los errores presentados bajo un falso sentido místico” “de esta especie de falseada redención de los más humildes"; GS 20-21).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

La situación de la Iglesia Católica está alcanzando tal grado de corrupción moral que clama al cielo. La proliferación de noticias sobre casos que ha habido de abusos a niños por parte de sacerdotes y religiosos exige una limpieza a fondo de tanta depravación, de tanta iniquidad, de tanta maldad. Como dice el Papa Francisco, la corrupción no se puede tolerar. Y esa degradación moral viene de la falta de santidad. Y la falta de santidad viene por una falta de fe. Ese es el origen de todas las calamidades que nos toca vivir. Confusión doctrinal, permisividad y tolerancia con las herejías; y degradación moral, van en el mismo lote.

El problema es que yo soy de la escuela pastoral de don Camilo, el inolvidable cura de las novelas de Giovanni Guareschi. No digo más.

Que el Señor aumente nuestra fe y nos conceda la gracia de la santidad.

Post Scriptum. Por favor, no contesten ustedes a la pregunta del título. Es una interrogación retórica.

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