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Viernes, 26 de Mayo 2017


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sanEscribe: Antonio Moreno Ruiz.- Significativos son los laberintos a los que tres de los grandes próceres de la independencia de la América Hispana se vieron abocados al final de sus respectivas vidas:  El venezolano (e hijo de canario) Francisco de Miranda murió en la cárcel gaditana de La Carraca arrepentido, pidiendo ayudar a la reunión de Venezuela con su Madre Patria; luego de ser entregado y traicionado por Simón Bolívar. Así acabó el que tiene una placa por su participación en la genocida revolución francesa (1).

El dictador Simón Bolívar murió en la incipiente Colombia, en la finca de un español, abominando de todas las insurrecciones, incluyendo la que él dirigió. A confesión de parte, relevo de pruebas.
José de San Martín acabó en la Francia orleanista. Empero, San Martín, amigo del banquero español Aguado, al fin y al cabo estaba cerca de su tierra, puesto que salió de Yapeyú muy niño y sirvió veintidós años en el ejército español, a la corona borbónica; siendo que en plena guerra contra Napoleón, abandona su ejército, se va a Inglaterra y de ahí se “ilumina” y decide encabezar las luchas independentistas en una América que apenas recordaba. Eso en el Río de la Plata, la tierra que durante el siglo XVIII fue más beneficiada por los Borbones (2), a costa de un virreinato del Perú que, sin embargo, mostró su fidelidad al imperio con uñas y dientes. Y es que José de San Martín fue uno de tantos revolucionarios españoles (como Mina en México o Aldao, Jalón y Campo Elías en Venezuela) que intentó llevar a cabo la utopía liberal-masónica en América, y ello entraba en connivencia con los intereses británicos. Claro que él también miró por lo suyo, puesto que como protector del Perú luego de ponerse un –nada desdeñable- sueldo de 30.000 pesos anuales, entregó el tesoro del país a los ingleses. (3) Y es que no en vano, San Martín había invadido el Perú con una coalición variopinta de rioplatenses, chilenos, neogranadinos y británicos.

Los supuestos libertadores en sus laberintos reales no parecen tan románticos, por más que tengan tantas estatuas y leyendas rosas desde el Nuevo Mundo a la Vieja España, siendo acaso el mayor blindaje de “nuestro” liberalismo. Por algo diría San Martín que “Los liberales del mundo somos hermanos en todas partes y queremos preparar en este hemisferio un asilo seguro para nuestros compañeros de creencias.” En la práctica, lo que se ha dado es una suerte de “España contra España” que se viene dando desde principios del siglo XIX, siendo que a día de hoy amenaza a la vieja España en una orgía de surrealismo suicida.

Con todo, doscientos años de mentiras, con el mito de las Cortes de Cádiz incluido (4), no pueden ocultar que cuando José Tomás Boves –vencedor de Bolívar-, murió en la batalla de Urica (ganando la batalla después de muerto cual Cid llanero de Venezuela), sus soldados hicieron un cerco para que no le tocaran ni un pelo, y fue enterrado entre sinceras lágrimas, dejando en este mundo 300 pesos que no llevaba ni encima. Antonio Navala Huachaca, en la Pampa de Quinua, vivió y murió como caudillo de su pueblo indio, pidiendo hasta 1835 la vuelta del “Inca Católico” y señalando a los separatistas como usurpadores. Parte de los Goyeneche de Arequipa pasaron a la Península Ibérica por no querer reconocer la república. Los Pincheira, entre las actuales fronteras de Argentina y Chile, lograron acaudillar un movimiento de criollos, mestizos e indios apoyados por amplias capas populares. Curiosamente, todo lo que le achacan a los Pincheira (y sí, no eran santos), lo hizo el bando secesionista en peores proporciones; pero así han intentado escribir la “historia” algunos, con unos criterios tan burdamente partidistas que nos hacen perder el norte.

Y no es que estemos reivindicando ningún “historicismo romántico” ni ninguna vuelta al pasado: Lo que se reclama es la realidad histórica con todas sus complejidades y consecuencias; porque sin una concepción integral de un pasado que nos es común, nunca podremos mirar de frente al presente ni construir un futuro mejor.

(1)Véase “La Revolución Francesa”, del historiador francés Pierre Gaxotte: http://www.casadellibro.com/libro-la-revolucion-francesa/9788496840355/1221936

(2)Los Borbones, ¿culpables de todo? –

http://bicentenariodistinto.blogspot.pe/2014/11/los-borbones-culpables-de-todo.html

(3)Sobre “La involución hispanoamericana”, como llama a este proceso el historiador argentino Julio C. González:
https://www.youtube.com/watch?v=G3Kmg1E981k
https://www.youtube.com/watch?v=PESDqFPQCAc

(4)Véase el libro “La Sevilla carlista de 1833-1840” de Caín Somé Laserna (http://www.actashistoria.com/titulo.php?go=2&isbn=978-84-9739-143-6); donde se pone de relieve cómo José María Blanco White, anglófilo y protestante (poco sospechoso de reaccionario español, para entendernos), fue el primer crítico de estas Cortes de Cádiz muy pronto secuestradas por el golpismo liberal, dirigido por militares y aristócratas al servicio del interés británico, y no por un “pueblo” que fue el primer perjudicado de esta locura impolítica.

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